"Una ventana abierta a la historia y cultura de Tuxpan, Ver."

lunes, 8 de agosto de 2016

Los Fabulosos Años Cincuenta

REDACTOR HUESPED
MIGUEL LOPEZ AZUARA

El Tuxpan del medio siglo pasado estaba todavía de espaldas al río, por donde corría abriendo surcos de espuma La Paloma, la pequeña lancha rápida de PEMEX. No había puente. Con Santiago de la peña nos unía sólo un paso de esquifes, o el bote de Hermilo Pinelo, yucateco compañero en la Secundaria y cantador de aires del Mayab. Para pasar, los autobuses, camiones y automóviles tenían que hacer tediosas colas frente al atracadero de la balsa de Apolonio Guevara, papá del Wiche, Manuel, primero frente a la iglesia y luego en las cercanías del Cerro de la Atalaya.

Las jóvenes tuxpeñas caminaban moviendo el talle “con vaivén de hamaca” a lo largo de la calle Principal y daban vueltas en el parque, cuando las refresquerías no acababan de invadirlo por completo.

La ostionería La Restinga de Oro, de Miguel Sequera era escala obligada, ante s de probar en El Poninas los tacos de saragalla y los camarones frescos con cerveza helada, o si el calor apretaba mucho, al salón Chapultepec de Venancio Medellín, que tenía el lujo del aire acondicionado. Las tardes eran de milk shake, con el colega y de barquillos de nieve de Regino Ortíz Cruz, El Navegante del Ártico.

La Torcacita y mi tío Ramiro Azuara cantaban en la radio difusora, con Carlos Arturo Briz, que se haría famoso muchos años después, con su canción Encadenados.

El saxofonista Lamberto Rosales, el Gordo, encabezaba los desfiles patrios al frente de los instrumentos de viento y percusión de su orquesta, con la marcha Tierra Blanca. Los demás hermanos Rosales eran tipógrafos, como su padre Luis, de El Centinela, que veíamos con mucho respeto como símbolo de la difusión de la cultura escrita y clarín de las libertades cívicas y políticas. Buena parte de su tarea era imprimir las esquelas orladas de negro mediante las cuales se participaba el deceso de un pariente y se invitaba al entierro. Era una carta-sobre que se desplegaba para leer el contenido. Otra imprenta era de Don José Pancardo, respetado oposicionista político.

En los bailes de la H. junta de Caridad y Pavimentación, que en su nombre proclamaba las necesidades prioritarias del Tuxpan de entonces, el trompetista Francisco Castillo, Chico Panza, amenizaba los bailes con Chico Herrera en la batería, Leyton en el contrabajo y Jorge Serrano con su insólita guitarra eléctrica. Abría la fiesta una formidable pareja, Mario Loya y su bella mujer, Consuelo Ruíz, que bailaban solos, y muy bien, a lo largo de toda la plazoleta del parque Reforma, la primera pieza de la tanda, danzón, pasodoble, fox trot, swing, lo que fuera. Al lado, a cubierto, rugía la “leonera”, con parejas de bailar más apasionado.

En el billar del Royalty, regenteado por Manuel Ruíz, Churruca, y Minche González, todos dejaban de jugar cuando llegaba “Lipe” Cobos Lima y rodeaban la mesa donde él engarzaba diestramente carambola tras carambola, en un rosario interminable e increíble.

Había una laboriosa comunidad extranjera. Primero los españoles, Arango, Ruíz, Matesanz, y los árabes, Adem, Bisteni, Elías, Hid, el Doctor Kaim, Cruz Kattas, Krayem, Mabarak, Simón, Ganem, Salmán, Saad, Saíd, Trabulse, nuestros turcos de Macondo, que predominaban, pero también había norteamericanos, como el voluminoso Pancho Harrison, de Salacot, Adams, Fussel, Greer, Beto Smith, judíos, como Max Mendik, el Odontólogo dánes Peter Riis, el alemán Ernst Keil, el doctor L’Eglise, y silenciosos y fumadores chinos, Luis Chong Lock, dedicados al Café Nuevo Elegante y al comercio de abarrotes. Hasta hubo una oficina del Kuo Min Tang, el Partido Nacionalista Chino, en la calle de Allende, junto al Palenque, ese sí, bar de Perico Jiménez, también mi tío.

El Doctor Zózimo Pérez Castañeda pugnaba por el Estado Huasteco, es decir, por la segregación de Veracruz, en airada protesta por el abandono en que los gobiernos tenían al norte del Estado, algo que parece que está cambiando, y seguramente aceleró así la construcción de la Carretera a México.

Nicho Melo cargaba pianos y pencas de plátanos al mismo tiempo, aseguraba Javier, y el gigantesco León Pancardo navegaba río arriba en La Magnolia, Show Boat, como la revista musical del Mississippi, de donde regresaba cargado de rancheros, producto del campo y ganado menor.

El resto de la comunicación se hacía penosamente por brechas y cruces del río en balsas. El avión del Estado, una avioneta blanca, nos conectaba con Gutiérrez Zamora y Xalapa. Y la Compañía Mexicana de Aviación, con el D.F. y Tampico en bimotores de 21 pasajeros que bajaban rozando el Cerro, ahora del Hospital, entonces en construcción por ICA. A Veracruz se iba en el Dante y otros pequeños navíos, en viajes desesperadamente lentos e incómodos de dos y tres días.

La Carretera a México, con 332 curvas, se terminó en 1946, y el puente se inauguró en 1961, lo que significó ponernos en el mapa.

La campana de la Iglesia daba repiques de alarma cuando había fuego. El incendio del mercado hizo historia a la mitad de los años cuarenta. Despertó a la población en la madrugada y, como se dijo que un empresario influyente codiciaba el terreno para hacer allí un hotel, las autoridades cortaron por lo sano y edificaron el palacio Municipal.

El padre Caliche, Carlos Vidal Flores, cuidaba de las Hijas de María, ante la suspicacia general, y después de muchos años fue sustituido por el padre Nacho Gutiérrez, que dejo muchos gratos recuerdos.

Entre humo de cigarro y tragos, el Profesor Luis Manuel Tello tocaba el piano y cantaba Marquesita para sus amigos en el Madrid y dirigía la Escuela Secundaria y de Bachilleres que llevaba el nombre de su padre, el Maestro Manuel C. Tello. El Odontólogo Rafael Reyna tocaba el violín y el serrucho, en las veladas cívicas, y Alicia Adem declamaba Garrick. Las cuatas Chavarría, Carmen y Rosa, bailaban una jota aragonesa. El anunciador era Tolano Ruíz Gómez, asesinado después por un marido celoso. En las fiestas de la escuela Miguel Lerdo de Tejada, Tolano participaba cantando a capella tangos que narraban extrañas historias inquietantes para un niño de primaria. Afuera es noche y llueve tanto… La historia vuelve a repetirse…

Manuel Lugo vendía en el mercado frutas traídas de otro mundo, como manzanas, uvas y duraznos, y en los barcos se obtenían cigarros norteamericanos y vinos europeos, sobre todo si eras amigo de Toño Vega, celador aduanero de oficio, guitarrista y trovador por afición, que daba serenatas por 6 pesos y al terminar invitaba a cenar al Sobera y regalaba cajetillas de cigarros de fayuca. Otro Vega, Fidel, alquilaba su carro de sitio, un Dodge de hermoso color vino con toldo blanco, por 10 pesos al día para que llevaras a tu novia a la playa.

Yo también fui parte de la joven fuerza de trabajo tuxpeña, incorporada temporalmente en Petróleos Mexicanos. Como ayudante de tractorista del Departamento de Carreteras, de Poza Rica, me tocó participar en 1954 en la construcción de la Carretera a Chalahuite y en el rebajamiento del Cerro de la Cruz, con cuya tierra se rellenó con Tournapul, lo que sería el espléndido boulevard Jesús Reyes Heroles, bautizado así en un alarde del alcalde Manuel Pérez Martínez, cuando el ilustre paisano fue removido de la Secretaría de Gobernación. Mientras en el D.F. lo despedían, Tuxpan le rendía homenaje.

Vivíamos más el río, que teníamos a la mano, que la playa, donde para ir había que hacer una excursión con lonche y agua. Remábamos, nadábamos y disfrutábamos su fresca y suave corriente.

Doña Cruz y su hija Estela Violante, vendía revistas extranjeras, como La Chacra, La Estancia y Bohemia, y Daniel Zárate, periódicos y revistas de la capital. Las suscripciones llegaban por correo a la semana.

Esas eran las fuentes noticiosas entonces disponibles, además del noticiero Carta Blanca, de EXCELSIOR, con Luis Ignacio Santibáñez, por la XEW, a las 11 de la noche, y La Tribuna, de Simón Loya Osorio, quien aludido una vez como dipsómano, por El sapo Pepe Fernández Gómez, reclamó airadamente, “¿Qué te he robado, dime, que te he robado?”. Bueno, junto con el Sapo andaban en la política el Cuino, mi padre, el Borrego, la Rata Huera, la Leona Pulido, el Tlacuache Garizurieta, el Venado, el zorro, la Tuza, el gato, la pulga. El zoológico tuxpeño, les decía Ruíz Cortines, motejado por ellos Tío Morales Coba, por su bandera de la moralidad y porque nomás les daba coba.

Íbamos a la playa los domingos y en Semana Santa, para ver turistas que aquí gastaban menos que en Acapulco y en agosto teníamos una semana de Feria organizada por ganaderos con visión.

Otra fiesta anual era el Carnaval, que llegó a ser bueno y se hacía en la fecha en que le correspondía. Y los domingos eran día de cine Castillo, cargado de fuerte olor a hormonas de cuerpos enardecidos. Las parejas de novios no dejaban sus preciadas butacas, ni durante los largos apagones de electricidad. A veces, los bárbaros de gayola descargaban su resentimiento social contra el público de luneta, que se esparcía despavorido.

EL SOL DE LA HUASTECA

Este era, a vuelamáquina, como se llamaba una de mis columnas en el semanario, el medio donde nacería El Sol de la Huasteca, sin nada que ver con la cadena de los soles, costeado por  Almazán, editado semanalmente por santos Llorente e impreso en la Casa Ramírez de la calle de Aldaco 16, cerca de las Vizcaínas, en el D.F. Lo escribíamos los jueves y los viernes.

Enviábamos los textos en un autobús de la Barra-Alamo, lo que imprimían el sábado y por la noche lo remitían a Tuxpan, donde llegaba muy temprano para su distribución y venta. Las cuatro páginas literalmente volaban de las manos de los voceadores.

Fue memorable la vez que, en vísperas de un ciclón, Manolo Arvizu, con irresponsable pero agradecible arrojo, cruzó el poderoso río crecido en un bote de remos para que el periódico no faltara el domingo siguiente. Poco después el río se desbordo.

Nuestro finado amigo Demetrio Ruiz Malerva, El Cuchito, solía decir con afectuoso orgullo, cuando circulaba ya por la política nacional. “Yo voceaba de niño el periódico donde estos escribían..”  Y así era, en efecto.

El Sol informaba y vinculaba, provocaba debates y trataba de llamar la atención sobre cuestiones que importaban y que ahora están de moda, como la corrupción, el autoritarismo, el narcotráfico y la contaminación. Divertía y seguramente, irritaba, pero tenía un mérito fundamental: se había hecho imprescindible.

Eduardo Deschamps se dejó aprehender por la policía para poder ingresar en la cárcel municipal y verificar que allí, como habíamos dicho, había tráfico de drogas. Ahora la prueba obtenida era irrefutable: él mismo le dio unas chupadas a un carrujo de marihuana que le invitaron. Pero no se le hizo hábito, creo.

En sus Rayos Ultravioleta, como adecuadamente bautizó su columna para el Sol de la Huasteca, Javier Hernández Rosas ejercitaba su prosa poética.

Con elegante discreción, Hernández Rosas abordaba los temas de su columna nutrido en una maciza erudición literaria. Era pulcro en su persona y en sus textos. El cristal con el que miraba no era el de la crítica despiadada, ni el de la saña, sino el de la humana comprensión, la noble mirada de la tolerancia, el horizonte vastísimo. Caminaba silenciosamente y escribía sin estridencias. Tocaba fibras sensibles para hacerlas vibrar, no para escandalizarlas. Llamaban a la reflexión serena. Su fina ironía lo hacía reír apenas.

En El Sol, su espacio era un remanso de tranquilidad y sensatez, en medio de la pasión juvenil sin diques y verbosidades desafiantes.

Héctor Rangel Arredondo era esforzado y angustiado. El ceño fruncido le había dejado marcas profundas en el entrecejo. Combinaba su columna con turnos de locución-programación-producción (de todo había allí), en la radiodifusora XETL, La Voz de las Huastecas, y con un empleo en Hacienda del Estado.

El mayor orgullo de Jorge Villagómez era su hermano Adrián, acucioso crítico de arte que de vez en cuando recalaba en Tuxpan, para dejar fugaces destellos de su erudición. Jorge escribía porque ese era su deber. Sin duda necesitaba demostrar que también podía medir sus armas con cualquiera y lo hacía con desparpajo y ganas en el espacio que tenía reservado semanalmente.

Pericles Namorado Urrutia era el Papa Gallo, o el papagayo, y se encaramaba al púlpito de El Sol para proclamar su Sermón de la Semana, con enjundia adobada con una grata soltura del lenguaje en el que sobresalían chispeantes expresiones como chincual, cimarrón, faramalla, soflamero, socarrón. La sabrosura del Papa Gallo, era comparable a la de Renato Leduc en su banqueta y en sus Cinco Minutos de los lunes en Esto, en donde una crónica de toros servía para todo, hasta para narrar las faenas domingueras de la Plaza México. Después de todo, las demás faenas también eran de la mayor Plaza México.

Por razones morales, porque lo veíamos como un ejemplo de integridad y rectitud profesionales, Leduc era paradigma, faro y guía para nosotros, al grado de que un hijo de Eduardo heredó su nombre, también con apellido francés. Yo no llegué a tanto.

Mi compadre Erenoldo Ramos Nolín, era autor de ingeniosas frases que el periódico publicaba semanalmente. Otro compadre, Alvaro Zardoni, también fue colaborador eventual.

Impresionaba su extraño conocimiento al dedillo de las broncas entre el Presidente Truman y el General MacArthur por Corea. Pensábamos que su destino era la literatura o la política, pero fue a dar a la Escuela Médico Militar, con Hugo (Ortega), que coleccionaba ojos de los cadáveres de las clases de disección en un frasco lleno de formol, y otros tuxpeños.

Con Javier Santos Llorente como director, este conglomerado heterogéneo y disparejo se expresaba con entera libertad, sin más límites que su seguramente escaso pero bronco sentido de responsabilidad. No se imponían, ni se sugerían los temas. Tampoco el sentido de cada texto. Frente a la máquina de escribir estábamos solos con nuestra conciencia. Javier era entonces, por supuesto, el mejor reportero, como lo demostró con la información sobre los engasados de Poza Rica, familias de trabajadores muertas al amanecer mientras dormían por una fuga de gas.

Lo más notable del Javier periodista escritor, tiene que ver con la historia de la explotación petrolera en esta región. Fue encargado por Pemex y publicado en el libro “Episodios petroleros”. “No es historia, es periodismo”, dice Javier en la introducción de estos valiosos fragmentos y testimonios eslabonados que relatan con brillo las aventuras, saqueos, abusos, crímenes, crueldades y pugnas de poder, ocurridas alrededor de la riqueza petrolera veracruzana.

Los hermanos Adem, José y Julián, ya eran astros en ascenso en el universo de la ciencia, antes de que cada uno mereciera el Premio Nacional de Ciencias. 

De Don Jesús Reyes Heroles se sabía entonces que escribía los discursos del Presidente Adolfo Ruiz Cortines, de frases afortunadas, recordadas aún cincuenta años después. México, al trabajo fecundo y creador. No siembro para mí, siembro para México. La marcha al mar. Los signos nos son propicios. “Menos el signo de pesos”, acotaba Leduc.

Enrique Rodríguez cano, Secretario de la Presidencia, llegaba cada semana en un vetusto avión Douglas DC 3 del Gobierno junto con algún Secretario de Estado para promover obras, principalmente el puerto y el ferrocarril. Parecía que en su imaginación veía a Tuxpan con todas las obras soñadas realizadas, como sería cuando el progreso nos alcanzara. Comía en casa de Pepe Elías y se iba los domingos temprano. También murió temprano. Para nosotros, muy temprano.

Termino diciéndoles que conservo con cariño y gratitud el recuerdo de la indulgencia y la simpatía que mis amigos de Tuxpan siempre nos han dispersado.

Gracias, a todos ustedes, los presentes y los que no están aquí ahora, y a todos quienes en alguna forma fueron aludidos en su tiempo por nosotros. Todos nos ayudaron a crecer.

  1 comentario:

  1. Carlos Lozano Medrano8 de agosto de 2016, 21:56

    Muy bello artículo. Al inicio de esta década yo estaba naciendo en la Vicente Guerrero.

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