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lunes, 22 de mayo de 2017

La Actividad Periodística y la Libertad de Expresión

Por: Salvador Hernández García
Cronista de la Ciudad

En más de una ocasión se me ha preguntado sobre la opinión y mi personal punto de vista que tengo sobre el periodismo y el grado de importancia de las diferentes especialidades que se dan en esa materia, y hoy como antes me confieso ignorante a tal respecto, empero no pasó desapercibido que no habría manera de ponerse de acuerdo sobre tal particular si esa pregunta se le planteara a todos los practicantes de dicha actividad, ni siquiera se tiene un concepto uniforme acerca de la misma que para algunos es una profesión y para otros es un oficio, más sin embargo…

Más sin embargo cabe destacar que para ejercer el periodismo con la ortodoxia del caso, se debe de contar con la vocación necesaria, ya que la vocación es la voz interior que induce al propósito, y colateralmente se debe de estar preparado y lo suficientemente resuelto para enfrentarse a los retos que inevitablemente se le atravesarán en el camino a los periodista en formación, un camino por cierto, que suele bifurcarse en el autodidactismo y la enseñanza académica, es decir: la práctica y la teoría, y de ahí que los periodistas que como el suscrito, se tipifican como autodidactas, coincidimos en el denominador común de fortalecer de manera permanente la vocación primaria con el autodidactismo, y es que el periodismo, al margen de la fuente de origen de sus practicantes, implica y exige aptitudes, capacidades, un conjunto de conocimientos generales y una destreza que hay que probar cotidianamente, y es que en la selva periodística hay una brutal selección entre los más aptos y capaces.

Esa es la ley de la sobrevivencia en nuestro medio, y ¡Qué bueno que ello ocurra! Ya que en el presente uno de los mayores males que confrontan las sociedades, junto con la corrupción, es la baja capacidad de los muchos “gacetilleros alquilones” disfrazados de periodistas, y es que el auge de los medios electrónicos y la proliferación de publicaciones, han propiciado el arribismo y la improvisación, y en ese sentido cabe citar el clásico que señaló: “Y es que todo mundo cree que se puede improvisar como periodista de la noche a la mañana, sintiéndose como se siente Plácido Domingo cuando canta bajo la regadera”.

Y añade: “El periodismo, sin embargo, es una de las profesiones u oficios más exigentes de la sociedad moderna. Nadie debería permitirse “jugar al periodismo” porque hace daño en diversas escalas a la comunidad. Es tan extraordinario nuestro País –México sin límites le llaman algunos. Que con frecuencia se dan casos de niños bien que por la mañana sufrían el ligero bochorno de haber reprobado un abanico de material de segundo grado de preparatoria, y… ¡por la tarde ya eran periodistas!, avalándose para el caso con un sospechoso título de dudosa procedencia que les identifica como “Licenciados en Ciencias de la Comunicación”, tras de haber asistido en tiempo récord a un cursillo intensivo de presunta formación académica”.

Y es que éste tipo de “periodistas” son fácilmente identificables debido a que no muestran interés alguno en el desarrollo de la propia personalidad que debe de acompañar a todo periodista que justifique que lo es. Seguramente que aquellos suponen que el haber ido a la escuela ésta va a producir milagros en ellos –LO QUE NATURA NON DIO LA UNIVERSIDAD NON PRESTA- o que tal vez tarde o temprano en alguna farmacia genérica y similar, podrán adquirir cápsulas, inyecciones o cucharadas de conocimientos y de aptitudes, y abundando sobre el particular cabe señalar: que sobre éstos casos resulta obvio inferir que este tipo de “periodistas”, son verdaderos paracaidistas de la carrera, porque los defenestraron de otra, o simplemente porque aterrizaron en otra parte de las ciencias políticas porque andaban volando a ciegas, tratando de escoger algo aparentemente sencillo y fácil, sólo para darle a sus padres la tranquilidad de que “por fin se habían puesto a estudiar algo”.

En la actualidad existen demasiadas escuelas de periodismo. Antes, cuando se fundaba una nueva Universidad en provincia, lo primero que se instituía era la Facultad de Leyes, aunque esa provincia no necesitara más abogados ni el país tampoco. Ahora no hay Universidad por pequeña y pobre que sea, que no tenga también su “Escuela de Periodismo”, aún a sabiendas de que con ello se está contribuyendo a la frustración de tantos jóvenes para quienes no hay un mercado de trabajo ni siquiera medianamente seguro, con el agravante de la dudosa calidad de los planes de estudio para esos alumnos, y hasta se da el triste fenómeno de que a las escuelas de periodismo vayan a parar los “destripados” de otras carreras, como antes iban a dar a las academias de contaduría, corte, confección y “enchinado de pelo”.

Un cálculo conservador nos lleva a suponer que cada año egresan de tales escuelas y facultades, centenares de nuevos “periodistas” avalados con sus respectivas licenciaturas, en su mayoría jóvenes que han invertido en el mejor de los casos, un tiempo, esfuerzo, dinero y sobre todo esperanzas. La Universidad les crea el espejismo ilusorio de que en la redacción del diario más importante o de un noticiero de televisión o radio, existe un escritorio aguardando a cada uno de los futuros periodistas con título, sin que nadie previamente les haya dicho dificultades que van a enfrentar; ni siquiera los preparan adecuadamente para esa ruda confrontación con la realidad, y si por una parte se toma en consideración el dudoso porvenir que aguarda a los periodistas ya establecidos que más o menos han adquirido una técnica para comunicarse con sus lectores e identificarse con ellos, cabe preguntar… ¿Qué perspectivas de desarrollo profesional puede depararle el destino a los recién llegados?, particularmente cuando se da el caso que los periodistas –con título o sin él- que ya tienen empleo, por supuesto que no tienen pensado soltarlo.

Un maestro del periodismo –Manuel Buendía Téllez Girón- (+) en su oportunidad señaló sobre este tema lo siguiente:

“De un modo cierto la ruta del mejor periodista es el autodidactismo. Esto es válido aún para aquellos, repito, que ostenten por ahí un diploma Universitario. En ninguna actividad profesional como la nuestra, es exacto aquello de que HAY PROFESIONALES SIN TÌTULO Y TÌTULOS SIN PROFESIONALES”.

“Hablo de un autodidactismo inteligente y disciplinado. Una auto-enseñanza guiada no sólo por una férrea voluntad, sino por planes rigurosamente trazados. No se pueden desperdiciar energías ni perder tiempo. Nadie tiene tiempo ya, para darse el lujo de perderlo cada día que se nos escapa sin haber hecho por lo menos un honrado intento por avanzar, es una concesión que hacemos, un paso que desandamos, y un riesgo de dar insensible media vuelta y enfilar de nuevo al limbo donde se mecen los mediocres”.

“Debe de admitirse que la Universidad, aun habiendo culminado con excelencia la carrera, sólo ha puesto al periodista al principio del verdadero camino que conduce a la cima significa que la primera cima alcanzada lo único que nos descubre es que apenas hemos comenzado a escalar la cordillera. Significa que en este abrupto camino, vamos a estar fundamentalmente solos”.

“Ser periodista significa renunciar al descanso. Significa hurtarle horas al sueño para dedicarlas a la lectura y al estudio permanente. Significa una búsqueda constante… ¿De qué? ¡De todo!. Exactamente de todo. Un escritor Inglés definió al periodista como “El hombre que se quedó sin profesión”, y con ello se quiere decir que la formación del periodista jamás concluye. Así de exigente y de terrible es el desafío cotidiano del periodismo, y quien no lo entienda de ese modo no sabe lo que es el periodismo”.

Se conmemora en todo el territorio Nacional el llamado DIA DE LA LIBERTAD DE EXPRESION, un concepto nada nuevo en a historia de México Independiente, que desde esos telúricos movimientos conformadores de nuestra Nacionalidad, tuvieron en José María Luis Mora su más preclaro constituyente y defensor, 175 años antes de que a través de LA CAJA IDIOTA, esa libertad de expresión degenerara en LIBERTINAJE EXPRESIVO, por parte se por lo menos una media docena de envalentados y abusivos comunicadores televisivos que en los tiempos del Salinito, se mostraban mudos, sordos y ciegos a los desmanes de un Gobierno al que adulaban por el contrario, y quienes en la actualidad hasta han establecido Tribunales de la Santa Inquisición en sus respectivos programas, en los cuales se improvisan en veedores, oidores y supremos inquisidores que condenan a la hoguera a los papanatas políticos que suelen emboscar y sentar en el banquillo de los acusados.

Pero por otra parte, aclaración al canto y para que conste en autos, como dirían los versados sobre la materia, al abordar el tema relativo a la libertad de Expresión, no pretendo de manera alguna sentar cátedra sobre el oficio periodístico, simplemente me anima la intención de explicar la forma en que entiendo el ejercicio de esta actividad, y de entrada expreso que en tal sentido parto de la idea de que la misión del periodista, en lo ético y lo moral, comprende la responsabilidad honrosa y elevada de orientar a la opinión pública en la exposición del tema y el comentario sobre los hechos cotidianos, conduciéndolos por el sendero de la razón en la búsqueda exacta de la verdad, ya que sólo así, de esa manera, el público lector sabrá distinguir al periodista auténtico de los saltimbanquis del panfleto y del libelo, quienes en su caso suelen manifestarse con la exposición del ditirambo y del elogio negociado.

Por lo que a mí respecta en mi ambivalente condición de Periodista Cronista  corresponde, en más de una ocasión he expresado que en el ejercicio del oficio periodístico, no tengo la mala costumbre de revolver la paja con el trigo, ni de confundir la gimnasia con la magnesia, o dicho sea interpretando ambas metáforas; no suelo invadir la vida privada de las personas en su ámbito particular, y sólo me ocupo del personaje público, sin distinción de género, cuando este desempeña una función de servicio público, que en su caso le sea solventada económicamente con fondos provenientes de los bolsillos  de los contribuyentes, y empero en tales casos suelo considerar su derecho de réplica, pues bien pudiera ser que el periodista, al fin humano, y por supuesto falible, pudiera haber fallado en sus apreciaciones sobre el personaje en cuestión, y en el supuesto de la ocurrencia de un caso de esa naturaleza, no me dolerían prendas en reconocer públicamente mis errores, pues juzgándome a mí mismo con el más severo criterio, considero que yo, como periodista, por el sólo hecho de serlo, no debo de pretender ostentarme como Ujier del Templo de la Moral, como así se han auto-habilitado algunos jilguerillos canoros, como tampoco me debo considerar depositario o albacea único de la verdad y la razón, por lo que con base en esta realidad, para evitar dentro de lo posible incurrir en el menor número de errores que me descalifiquen por sí mismos, tengo por costumbre sustentar mis temas apoyado con el aval de pruebas documentales susceptibles de sustentar y darle base a mis mal hilvanadas líneas. Tal es el concepto que del periodismo tiene éste modesto emborronador de cuartillas

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