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lunes, 20 de noviembre de 2017

Relato de Ernesto “Che” Guevara

* “Mi paso por Tuxpan hacia Las Coloradas y mi bautismo de fuego”

Por: Salvador Hernández García
Cronista de la Ciudad

“Alegría de Pío es un lugar de la Provincia de Oriente, Municipio de Niquero, cerca de Cabo Cruz, donde fuimos sorprendidos el día 5 de Diciembre de 1956 por las tropas de la dictadura.”

“Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de Diciembre en el lugar conocido como “Playas de Las Coloradas”, perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por Ciénegas de aguas de mar, con botas nuevas; esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa. Pero no era eso nuestro único enemigo – el calzado – o las afecciones fúngicas. HABIAMOS LLEGADO A CUBA DESPÚES DE SALIR EL 25 DE NOVIEMBRE DEL PUERTO DE TUXPAN, UN DÍA DE “NORTE”, EN QUE LA NAVEGACIÓN ESTABA PROHIBIDA. TODO ESTO HABÍA DEJADO SUS HUELLAS EN LA TROPA INTEGRADA POR BISOÑOS QUE NUNCA HABÍAN EN COMBATE”.

“Ya no quedaba de nuestros equipos de guerra nada más que el fusil, la canana y algunas balas mojadas. Nuestro arsenal médico había desaparecido; nuestras mochilas se habían quedado en el pantano, en su gran mayoría. Caminamos de noche, el día anterior, por las guardarrayas de las cañas del Central Niquero, que pertenecía a Julio Lobo en aquella época. Debido a nuestra inexperiencia, saciábamos nuestra hambre, pero además de eso, no necesitaron los guardias el auxilio de pesquisas indirectas, pues nuestro guía, según nos enteramos años después, fue el autor principal de la traición, llevándolo hasta nosotros. 

Al guía se le había dejado en libertad la noche anterior, cometiendo un error que repetiríamos algunas veces durante la lucha, hasta aprender que los elementos de la población civil cuyos antecedentes se desconocen, deben ser vigilados siempre que se esté en zona de peligro. Nunca debimos permitirle irse a nuestro falso guía”.

“En la madrugada de ese día 5 de Diciembre, eran pocos los que podían dar un paso más, la gente desmayada caminaba pequeñas distancias para después pedir descanso prolongado”.

“Debido a ello se ordenó un alto a la orilla de un cañaveral en un bosquecito ralo, relativamente cercano al monte firme. La mayoría de nosotros durmió un poco aquella mañana”.
“Señales desacostumbradas empezaron a ocurrir a mediodía, cuando los aviones Piper y otros tipos de avionetas del Ejército y de particulares empezaron a rondar por las cercanías. Algunos de nuestro grupo tranquilamente cortaban cañas mientras pasaban los aviones sin pensar en lo visibles que eran dadas la baja altura y poca velocidad a que volaban los aparatos enemigos. Mi tarea en aquella época, como médico de la tropa, era curar las llagas de los pies heridos. Creo recordar mi última cura en aquel día. Se llamaba aquel compañero Humberto Lamotte y esa era su última jornada. Está en mi memoria ponerse mientras se dirigía del botiquín de campaña hasta su puesto.”

“El compañero Montané y yo estábamos recostados contra un tronco, hablando de nuestros respectivos hijos. Comíamos la magra ración-medio chorizo y dos galletas-cuando sonó un disparo; una diferencia de segundos solamente y un huracán de balas- o al menos eso pareció a nuestro angustiado espíritu durante aquella prueba de fuego-se cernía sobre el grupo de 82 hombres. Mi fusil no era de los mejores, deliberadamente lo había pedido así, porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima y no quería que se fuera a perder un arma buena en mis manos. No sé en qué momento ni cómo sucedieron las cosas, los recuerdos ya son borrosos. Me acuerdo que, en medio del tiroteo, Almeyda, (Juan) en ese entonces Capitán, vino a mi lado para preguntarme las órdenes que había, pero ya no había nadie ahí para darlas. Según me enteré después, Fidel trato en vano de agrupar a la gente en el cañaveral cercano, al que había que llegar cruzando la guardarraya solamente. La sorpresa había sido demasiado grande, las balas demasiado nutridas. Almeyda volvió a hacerse cargo del grupo. 

En ese momento un compañero dejó una caja de balas casi a mis pies, se lo indiqué y el hombre me contesto con cara que recuerdo perfectamente por la angustia que reflejaba, algo así como “no es hora para caja de balas”, e inmediatamente siguió el camino del cañaveral (Después murió asesinado por uno de los esbirros de Batista). Quizá esa fué la primera vez que tuve planteado ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber como soldado revolucionario, Tenía delante una mochila llena de medicamentos y una caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me separaba de las cañas. Recuerdo perfectamente a Faustino Pérez, de rodillas en la guardarraya, disparando su pistola ametralladora. Cerca de mí un compañero llamado Arbentosa, caminaba hacia el cañaveral. Una ráfaga que no se distinguió de las demás, nos alcanzó a los dos. Sentí un fuerte golpe en el pecho y una herida en el cuello. Me dí a mí mismo por muerto. Arbentosa, vomitando sangre por la nariz, boca y la enorme herida de la bala cuarenta y cinco, gritó algo así como: “Me mataron”, y empezó a disparar alocadamente, pues no se veía a nadie en aquel momento. Le dije a Faustino desde el suelo: “Me fastidiaron” (Pero más fuerte la palabra). Faustino me echó una mirada en medio de su tarea y me dijo que “No era nada”, pero en sus ojos se leía la condena que significaba mi herida”.

“Quedé tendido, disparé un tiro hacia el monte siguiendo el mismo impulso del herido. Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista apoyado en un tronco de árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo. Alguien de rodillas gritaba que había que rendirse y se oyó atrás una voz que después supe que perteneció a Camilo Cienfuegos gritando: “Aquí no se rinde nadie…”y una palabrota después. Ponce se acercó agitado, con la respiración anhelante, mostrando un balazo que aparentemente le atravesaba el pulmón. Me dijo que estaba herido y le manifesté con toda indiferencia, que yo también. 

“Siguió Ponce arrastrándose hacia el cañaveral, así como otros compañeros ilesos. Por un momento quedé solo tendido allí esperando la muerte, Almeyda llegó hasta mí y me dio ánimos para seguir; a pesar de los dolores lo hice y entramos en el cañaveral”.

“Allí vi al gran compañero Raúl Suárez, con su dedo pulgar destrozado por una bala y a Faustino Pérez vendándoselo junto a un tronco; después todo se confundía en medio de las avionetas que pasaban bajo, tirando algunos disparos de ametralladora, sembrando más confusión en medio de escenas a veces dantescas y a veces grotescas, como la de un corpulento combatiente que quería esconderse tras una caña,  y otro que pedía silencio en medio de la batahola tremenda de los tiros, sin saberse bien para que”.

“Se formó un grupo que dirigía Almeyda y en el que estábamos además el hoy Comandante Ramiro Valdés, en aquella época Teniente, y los compañeros Chao y Benítez; con Almeyda a la cabeza, cruzamos la última guardarraya del cañaveral para alcanzar un monte salvador. En ese momento se oían los primeros gritos: “Fuego” en el cañaveral y se levantaban columnas de humo y fuego, aunque esto lo no puedo asegurar, porque pensaba más en la amargura de la derrota y en la inminencia de mi muerte, que en los acontecimientos de la lucha. Caminamos hasta que la noche nos impidió avanzar y resolvimos dormir todos juntos, amontonados, atacados por los mosquitos, amenazados por la sed y el hambre.”

“Así fue nuestro bautismo de fuego, el día 5 de Diciembre de 1956, en las cercanías de Niquero!...Así se inició la forja de lo que sería el Ejército Rebelde…”.

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