"Una ventana abierta a la historia y cultura de Tuxpan, Ver."

lunes, 1 de enero de 2018

Navegantes de todos los bares

Por considerarlo interesante comparto con mis conciudadanos y público en general, el anecdótico material que acompaña a esta nota. 

Dicho material fue publicado en su oportunidad en la que fuera el importante Magazine Capitalino “Revista de Revistas”. 

Uno de esos escritos, “Navegantes” Etc. Etc. Fue de la autoría del Tuxpeño JORGE LASO DE LA VEGA y el otro que le acompaña fue publicado en el año de 1940 en dicha Revista bajo la autoría del multifacético Veracruzano (Panúquense) Ramón Valdiosera Berman, Modisto, Escritor, decorador, pintor y Dibujante de Historietas a quien tuve el gusto de conocer y tratar personalmente en mi carácter de coordinador de una edición del Carnaval de Tuxpan, y fue él, quien diseñó el Vestuario de la Reina de dicho evento, así como decoró la Carroza Real, además de encargarse de la publicidad relativa al caso. Cabe citar que a él se debe el Diseño del traje de la Mujer Huasteca el cual se ha adoptado en toda esta Región. 

Aprovecho la oportunidad para enviarles un saludo fraternal a todos en lo General y anticiparles mis mejores deseos en el disfrute de una Feliz Navidad y Un Año Nuevo colmado de Éxitos en sus Aspiraciones. 

P.D. El ANTIGUO BARRIO DEL ZOPILOTE ERA EN REALIDAD UNA CIÉNEGA QUE HABÍA EN LA ZONA DONDE AHORA SE ENCUENTRA EL LLAMADO MERCADITO DE LOS HEROES. SUS MÁRGENES LOS UTILIZABA EL VECINDARIO PARA TIRAR SU BASURA, LA CUAL ERA APROVECHADA POR DICHAS AVES. DE AHÍ LA REFERENCIA. 

ATENTAMENTE. 
SALVADOR HERNÁNDEZ GARCÍA
CRONISTA DE LA CIUDAD.  



Navegantes de todos los bares 

Por: Jorge Laso de la Vega 

El arte de la navegación siempre ha estado estrechamente ligado al arte de la libación y buena prueba de ello es que Noé, después de navegar al garete durante 40 días con sus noches en la celebérrima arca llena de animales, en cuanto cesó de diluviar se puso a trabajar la tierra y lo primero que sembró amorosamente fueron espléndidas vides. 

La Biblia en el capítulo V del génesis, explica cómo fue que Noé aprovechó los frutos de la tierra para fabricar vino y ponerse una sabrosa guarapeta con aquel tintorro casero, bastante pegador porque el jugo de la uva fermentó naturalmente, sin ningún cuidado especial. Así pues, Noé, gran navegante fue también un gran libador y, por añadidura, derramador del don del vino sobre toda la humanidad. 

Vamos a saltarnos a los navegantes fenicios que nada más bebían cerveza. También a los vikingos porque sus aguardientes de cereales todavía estaban ayunos de refinamientos. Igualmente hay que dejar por la paz a los romanos, casi abstemios cuando estaban de servicio, y a los normandos, que bebían a lo bestia. 

Así llegamos a un gran navegante conocido de todos nosotros: don Juan de Grijalva, a quien hay que reconocerle el mérito de haber introducido a los indígenas de lo que hoy es México a mágico mundo de los vinos y los licores, enriqueciendo su bar ancestral que hasta ese momento era bastante monótono ya que se reducía al néctar del mayehual, vulgo pulque. 

Fue el 24 de junio de 1517 cuando en un punto de la costa veracruzana, don Juan de Grijalva hizo desembarcar varias barricas de buen vino y algunos frascos de catalán para brindar en festejo de su onomástico. Los nativos, tanto los totonacas costeños como los enviados del emperador azteca, mostraron curiosidad por aquellas libaciones a las que tan alegremente se entregaban los extranjeros y el de Grijalva dispuso que se les sirvieran copas. 

Se las sirvieron y se las bebieron, pescando apoteósica guarapeta, de esas en las que uno le pierde el miedo hasta a Huitzilopochtli. O sea que la práctica de empinar el codo con caldos importados en México, ya cumplió sus buenos 461 años y sigue como si nada, batiendo nuevas marcas día a día. 

También don Hernando Cortés tuvo alguna injerencia en la introducción de las bebidas europeas a los nuevos territorios. Según Bernal Díaz del Castillo, el futuro conquistador, huyendo de las iras de don Diego Velázquez, gobernador de Cuba, fue a dar a la casi mítica Chalchihuecan donde el 17 de Agosto de 1521 ofreció un suntuoso banquete a todos sus seguidores para vieran que él no regateaba como yantar y libar principescamente. Durante este banquete, refiere a la pluma del cronista glosada por Manuel Ocampo Carrapia, se bebió todo el vino que venía a bordo de las naves de don Hernando, bebída la cual, curiosamente ocupaba mucho más espacio en los depósitos de la nave que los ocupados por el agua. 

Y es que, como se dice por ahí, si el agua destruye los caminos, ¡qué no hará con los intestinos! Sabios estos peninsulares. Con razón sorprendieron al mundo. 

En su obra México a Través de los Siglos, don Vicente Riva Palacio comenta que la Nueva España pronto se convirtió en el principal destino de ultramar para los productos vitivinícolas españoles. Se sabe que durante los años que Cortés gobernó los territorios conquistados, no menos de 50 barcos grandes llegaban cada año a Veracruz bien provistas sus bodegas de vinos y licores. Tan sólo de Cádiz se enviaban 16 bajeles cargados con Jeréz de la Chiclana y de Puerto Real, y otras embarcaciones transportaban bebestibles hasta por un peso de 16,00 arrobas puestos a consignación en San Lúcar y en Sevilla. Así ¿quién demonios se atrevía a quejarse de la sed aún en medio de la más terrible escasez de agua potable? 

En la actualidad tampoco puede uno presumir de sediento en esta gran Ciudad de los Palacios donde son múltiples los abrevaderos consagrados, dedicados, ofrecidos a la navegación y bastantes más los inspirados en el arte de cruzar mares y océanos. Y ahí, sin ir más lejos, tenemos El Correo de Ultramar, antañona cantina situada en Balderas 108, por rumbos de la Ciudadela, y en lo que es fama que mi general Urquizo, cuando era un simple oficial, iba a tomarse sus coñaques del mediodía y como no siempre le pagaban sus haberes puntualmente por aquello de los vientos de la Revolución firmaba vales y más vales alegremente. 

Para emprender una travesía primero hay que abastecerse de armas y municiones de boca y de fuego. Y para ello nada mejor que El Arsenal del Ferrol de Azcapotzalco, en cuya barra podría abastecerse la flota entera de Televicentro en una noche de estreno, cuando todo mundo quiere celebrar a lo grande ¡Vaya botanas las que se arman en este arsenal báquico! 

No podemos pasar por alto “La hija del pirata”, allá por el barrio de la Obrera, cantina en la que por cierto nos hiciera favor don Pepe Sánchez, encargado del lugar, de colgar en uno de sus muros un póster de Revista de revistas con los cinco números de la serie “Los piratas” correspondientes a junio del año pasado. 

¿Y qué me dicen ustedes de La Trasatlántica, que en su nombre lleva la fama? Ahora está muy iluminada, muy bien pintada su fachada ochavada, pero sigue siendo la misma cantina de los viejos tiempos, con ambiente de barrios y clientela de esa que va un día sí y otro también hasta que le llega la jubilación. La Trasatlántica abre sus puertas, todavía en Abraham González. 

Otro que ha navegado años por los procelosos mares del copetín, la botana, el dominó a la veracruzana, es El Barco de Plata, legendaria cantina de Santa María la Redonda, esquina con plazuela de Garibaldi. A últimas fechas éste singular navío se veía muy golpeado por los huracanes y temo que de un momento a otro lo meta en dique seco. 

Y aquí tienen nada menos que a La Marina Española, tradicional abrevadero, ciento por ciento popular, que abre sus puertas al principio de las calles del Peñón. Ahí abundan los marineros de todos los bares y más que españoles parecen cosacos u escoceses por la forma en que consumen cubas: ¡Con una sed de siglos, vive Dios! 

Hay todo un monumento a la memoria del Gran Navegante, un testimonio de gratitud al Almirante de la Mar Océano. Se llama el Centenario de Colón y está por rumbos del antiguo barrio universitario, en las calles del Carmen, creo que 51 o 55. 

La navegación por los procelosos mares del brindis entusiasta, fecundo y demoledor, se abre a los amplios horizontes de El Golfo de California (Penitenciaría 45), surca las aguas de El Golfo de León (ahí por Velázquez de León) y corta las ondas de El Golfo de Tehuantepec, localizado en la avenida Azcapotzalco. Luego, la inmensidad del Mar del Plata, en Pensador Mexicano y, finalmente la visión tranquilizadora de El Puerto de Cádiz, en Revillagigedo 35, donde el tenaz navegante hace una escala técnica para ir a fondear a El Puerto de Málaga, en la calzada México Tacuba, donde los miércoles sirven caracoles de botana. 

Esto de las cantinas y de la navegación es algo sumamente serio. Cuando mi señor padre era capitán del puerto de Tuxpan, un señor Álvarez del Bayo llevaba varios días urgiéndole que le diera permiso de salir al mar en su yate, sin conseguirlo porque el mal tiempo del golfo estaba ahí de día y de noche. 

Estaba don Ángel Laso de la Vega en La Veracruzana, acreditada cantidad de la ribera tuxpeña, tomándose la copa y jugando una interminable partida de paco grande, cuando el del yate llegó a rogarle nuevamente que le diera el permiso de salida, toda vez que el mal tiempo estaba amainado. 

Vamos a la oficina a comprobarlo con los aparatos, dijo el capitán del puerto, y dejó en suspenso la copa y la partida de cartas, con un gran disgusto de sus amigos. En efecto, el tiempo mejoraba y don Ángel firmó el permiso de salida no sin hacerle serias advertencias al solicitante en el sentido de que mantuviera el yate cerca de la costa porque en altamar soplaban fuertes vientos y la embarcación no era ni muy grande ni muy marinera. 

Así lo prometió el hombre y poco tiempo después mi papá vio salir aquel barquito por la ría, hacia el mar. En la proa se veía el nombre del yate: “Granma” y bajo cubierta viajaban Fidel Castro Ruz y sus compañeros que iban a derrocar a Fulgencio Batista, quienes habían permanecido ocultos en una casa de Santiago de la Peña hasta que en su enviado consiguió la autorización para salir del puerto. 

Si don Ángel le hubiera dado largas al asunto, prefiriendo terminarse la copa y el juego de cartas, el “Granma” nunca hubiera salido porque al poco rato llegaron los agentes confidenciales que le venían siguiendo la pista a Castro Ruz y a los suyos. 

Un día de estos que recale en puerto seguro, les contaré la historia completa de cómo, si hubo Revolución castristas en Cuba, fue porque mi papá no se quedó una hora más en la cantina. 

RODOLFO GAONA (TUXPAN 1926 – MÉXICO 1940) 
POR: RAMÓN VALDIOSERA. 

Cuando yo vivía en Tuxpan, Veracruz, en el barrio de “El Zopilote” con la familia Fajardo (mi madre se había casado en segundas nupcias con don Julio Fajardo), por esos años de los veintes, los cigarros de “El Buen Tono” traían unas tarjetillas muy bien impresas con la efigie y hazañas de toreros como: Lalanda, Chicuelo, Joselito “El Gallo” y claro, de “El Califa de León” Don Rodolfo Gaona, quien era el único que en los cosos hispanos le daba la batalla a Belmonte, entonces la figura de esas fechas, a Joselito y al divino Calvo ¡ganándoselas de paso muchas veces! 

La colección de mis toreros era el único contacto que yo tenía con la tauromaquia en ese puerto de Tuxpan donde no había tradición taurina y poco se sabía del arte de los Cúchares. 

Un día de abril del año 26, aparecieron sendos carteles anunciando que “El Gran Rofoldo Gaona venía a torear”. ¡Había expectación y asombro! ¡Rodolfo Gaona en persona torearía aquí! Y empezó a prepararse todo. 

Allá por la ciénaga había un gran solar (al final de la calle Constitución, que nacía en la Ribera), en donde vimos con curiosidad cómo se iba construyendo “la gran” plaza de toros; las tablas formaban las tribunas, y de otate se bardeó, se dividieron tendidos, se hicieron los corrales y la salida de toriles. 

La “nueva plaza”, pintarrajeada de colores rojo y amarillo en mi imaginación (y al verlas estampas de “El Buen Tono”) la venía tan bella como la mismísima plaza de Sevilla. El domingo en el hotel Núñez había un tumulto, pues de ahí saldría “El Califa” rumbo a la plaza vestido lujosamente y en un Packard con el toldo bajado, que había traído al matador desde la Barra de Tuxpan, donde había llegado el sábado en un pailebot (todo él de hierro) que se llamaba el “Ruíz Cano” y que hacía el viaje de Tampico a Tuxpan caboteando hasta Frontera, Tabasco. 

El tío Gonzalo me invitó a ir con él a la “Gran espectacular corrida”, donde matarían 4 “torotes”, dos el de León de las Aldamas y los otros un alternante que nadie conocía y a nadie importaba. 

Cuando a las cuatro en punto los matadores y sus cuadrillas hicieron el pasefilo tronaron los aplausos y crujieron las tablas. ¡Que porte del Indio! ¡Qué forma de vestir! El traje era dorado y verde turquesa y el colorido de todo el conjunto antes nunca visto. ¡Nos dejó mudos! 

Al sonar una clarinada se soltó el primer burdel de la tarde. Era un torete flaco, corretón y de cuernos aplatanados. La rechifla inundó los tropicales aires porteños y después de bandazos aquí, y telonazos allá, salió el esteta; dio dos verónicas rápidas, desgranadas y ya bajo la tormenta de injurias y la lluvia de botellas, pidió a los de a caballo. En el primer puyazo el torero fue, acalambrado, al suelo y el público se encrespó y empezó a gritar y a tirar objetos a la arena. 

Gaona, refugiado en uno de los cuatro burladeros pegados al “muro” de otate (pues no había callejón), cabeceaba as mentadas y los botellazos con elegante desdén. 

A poco, el Indio se encasta y después de ver cómo sus infanterías ponían los zarcillos en el cuello de ese ratón encornado, sale con la muleta, da unos poderosos doblones, marea al casi agónico enemigo y salva sea la parte le endilga un chalecazo que hace que el torero ruede de mala manera pataleando y berreando. 

¡Ratero! ¡Ratero, ratero! fue el coro que amenazaba al ídolo y las fogatas hicieron su aparición. Una pared de los toriles se cayó al empujar los azorados villamelones buscando huir de esa “torera revolución”. 

Los toretes ya libres empezaron a sembrar el pánico, algunos sacaros sus pistolas y a poco se desató un tiroteo y la estampida fue general. ¿Y Gaona? El ya había salido en el Packard y estaba, según se supo después, con todo y maletas en una lancha rumbo a la Penn-Mex (frente a la barra de Tuxpan), adonde le fue dado asilo. 

¿Gaona? ¡Un fraude! 

Catorce años después conozco al “Indio Grande” en el restaurante “Don Luis”, allá por las calles de Montes de Oca y ya con la confianza le platico que yo había estado en la “corrida” (literalmente hablando) que “había dado” en Tuxpan. Gaona se sorprende, me mira juntando sus pensamientos y con ese dejo hispano que ponía cuando de toros hablaba comentó (tal vez recordando a “Joselito” que lo matara “Bailador”, un torete del Duque de Vergara, en Talavera de la reina, años antes), con señorío: Fui porque se me pagó bien y en oro, sin saber que los toretes de rastro que echarían eran tan feos y los aficionados tan pistoleros. Cuando llovió la tercera oleada de botellas yo salí corriendo, lo demás lo supe esa noche, y mira gachó (comentó erguiendo la figura y ladeándose el sombrero calañés color topo), ese torete que la gente tanto chifló, tenía mucho sentío y era un malaje cobardón que si te quedabas quieto te la da, así pues la “corrida” efectivamente la di yo. ¡Y fue todo por el río!, salvando la figura y el pellejo. ¡Salud! 

Se levantaron los chatillo de manzanilla y un olé muy torero rubricó lo dicho por el Grande de León de los Aldamas; que ha sido (junto con Silveti), uno de los grandes del toreo de todos los tiempos.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Temas Ecológicos

¡Bienvenidos!

Este es un sitio web de carácter informativo, donde el Cronista de la Ciudad y Puerto de Tuxpan de Rodríguez Cano, Veracruz, realiza publicaciones sobre sus distintas actividades, así como las del Consejo de la Crónica Municipal, además de abordar diversos temas de interés general, particularmente sobre los orígenes de Tuxpan, aunado a los artículos de opinión y colaboraciones que contribuyen a preservar y engrandecer el acervo cultural e histórico de Tuxpan, así como difundirlo y arraigarlo entre las nuevas generaciones.