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lunes, 3 de septiembre de 2018

Los antiguos moradores de Tuxpan: Rafael Sánchez Escobar

Tranvía urbano. Antiguo camino Real de Tenechaco al Centro de la Ciudad. (1896)
Recopilación: Salvador Hernández García
Cronista de la Ciudad

Muy poco es lo que lamentablemente se conoce de la personalidad del polifacético escritor, político, músico y combativo periodista Tuxpeño, RAFAEL SANCHEZ ESCOBAR, cuya fecundada pluma escribió vigorosas crónicas y episodios sobre la historia de su muy querido nativo; TUXPAN. 

De él sólo se sabe que fue miembro de una conocida familia de la localidad que se distinguía en la actividad comercial en el ramo de la carnicería, como lo eran los Sánchez propietarios del “IDOLO”, ubicado en su época en la esquina que forman las calles Emiliano Zapata y Benito Juárez, tradición que ha continuado la sucesión familiar concentrada hoy en día en la Carnicería “LA HUAXTEQUITA”, en la esquina de las calles Ingnacio Zaragoza y Zózimo Pérez Castañeda. 

Entre el numeroso material literario que dejó  impreso Rafael Sánchez Escobar, se ha logrado rescatar un episodio costumbrista de la época que le tocó vivir, de la cual él mismo fue protagonista, y mediante el cual nos escribe los rasgos característicos de los personajes destacados en el Tuxpan del ayer, un ayer que se puede ubicar entre las dos primeras décadas del pasado siglo XX. 

Fuera de toda presunción protagonista, el escrito se permite recomendar como material de colección el que a renglón seguido transcribió y cuya vigorosa descripción es de la autoría del citado Rafael Sánchez Escobar, quien dejó el título de “LOS ANTIGUOS MORADORES DE TUXPAN” nos heredó a los Tuxpeños lo que el mismo llamó: MIS RECUERDOS JUVENILES, cuyo contenido es el siguiente: 

“Hay momentos en que se presentan en mi imaginación, tal como yo los vi y los viví cuando era un mozalbete consentido, muchos de los pobladores de mi ciudad natal que se me antojaba listar a continuación”.
“Don Fabián Abarca, hombre casi centenario, que por carecer de fuerza en sus piernas, tenía que caminar apoyado en dos bastones; don Néstor Pancardo, ateo hasta la pared de enfrente pero muy amigo de los curas a los cuales rentaba las casas de su propiedad cercanas a la vetusta Iglesia Parroquial, haciéndolos repelar de lo lindo pero siempre de charla con ellos; don Manuel Morales, a quien apenas si recuerdo; don Rafael Portas, el hombre que siempre soñaba ver a Tuxpan unido a la capital de la república por medio de un ferrocarril; doña Manuela López, la mamá de don Francisco, don Julio y don Armando Deschamps (este único gobernador Tuxpeño  que ha tenido el estado de Veracruz, aunque interinamente) doña Sara Boyd, viejecita simpática,  muy estirada siempre; doña Delfina Colmenares y doña Ana Lopátegui, mi tío abuelo don Ramón Sánchez, con su gran barba en la papada y su rasurado bigote, lo que unido a su grosor y elevada estatura, le daba el aspecto de un viejo marino arrancado de antiguo cromo: doña Lola Becerra, propietaria de “LA QUINTA” ubicada en el paseo de la ribera, con su andar saleroso no obstante sus muchos años, recordando sus tiempos de hermosura, riqueza y juventud, habiendo sido la propietaria de una de las principales casas de comercio, cuando quedó viuda de don Diego Salazar, casándose poco después con uno de sus empleados, don Mariano Chico, quien una vez que le dio fin a su capital emprendió vuelo; las famosas hermanas Rosalía y Herlinda, que se ufanaban de su parentesco con don Pedro Basañez y tantas bilis derramaban cuando les decían “Las Torices”.
“Don José María Morelos Manzo, buen tipo varonil y correctísimo en su trato, siendo también uno de los principales comerciantes; don Inocencio Erduiza y don Pedro Garamendi, de origen Español establecidos en el ramo de abarrotes en el barrio de Tenechaco; don Fernando Cisneros y don Tomás Aldana, Cubano el primero pero ambos diligentes empleados en el ramo de correos; don Manuel del Palacio – o, Palacios como se le denominaba antiguo empleado de la casa de don Juan Lafforet, y consejero de la simpática viejecita doña Eduviges Manzo, a la que noche a noche se le veía tomando el fresco en una amplia mecedora en el corredor de su casa contigua a la mercería “EL IDOLO”; don Tomás Castillo, siempre sentado en su banco de hojalatero; doña Carmen del Ojo, dando a sus amigas recetas de sabrosos guisos; don Fernando Chao, quien siendo Jefe Político del Cantón, madrugaba para vender la leche bien temprano le llegaba de la ordeña que tenía en su cercano rancho y al que ayudaba don José María Sánchez, su sobrino, ambos solterones, y a los cuales atendía una hermana de este último, doña Carmela, la que nunca salía a la calle pero si desde una persiana espiaba a todo aquel que transitaba frente a su casa; doña Carmen Chao, la viuda del Coronel don Manuel Llorente, viviendo con su hijo Carlos – quien desempeñara importantes cargos públicos – frente a un costado de la Parroquia; doña Amalia Basañez, viuda del Juncal, en cuya casa admiré de chiquitín, los ratones blancos dentro de una casita de cristal que les servía de jaula; doña Regina Gómez, viuda de Messick, dama que convirtiera su amplia morada en una especia de asilo u orfanatorio, viviendo allí un loco pacífico llamado don Ismael, que cuando salía a la calle no dejaba de infundir cierto temor”.
“Doña Pancha Tessier que con su hermano don José atendía a sus clientes de su mercería “LA ESPERANZA” don Felipe Chao, agente de la “Compañía de Petróleo el Gallo” como entonces se nominaba a la después poderosa “Waters Pierce”; el Dr. Amadeo Des Grottess, o Francés, como se le decía por su nacionalidad, de larga y albeante barba, viviendo con su hija, doña Orea, profesora de piano que tenía buen número de discípulos; don Bernardo Arteaga, Español progresista, quien en unión del dinámico y soñador don Pedro Basáñez, establecieron en la ciudad la línea de tranvías de tracción animal, desde el puente de Tenechaco  hasta la aduana marítima; don Ángel Pérez, cuyo bolsillo siempre se encontraba abierto para hacer obras caritativas o para contribuir a las mejoras de la población, Español, también; don Celestino Basañez, quien en compañía de sus hermanos políticos, don Pancho y don José Raygadas, poseían  la tienda de ropa, “LAS NUEVAS DELICIAS”; don Juan Basañez hermano de los citados don Pedro y don Celestino, célebre por los sustos que daba al vecindario y transeúntes cuando se le subían las copas, el bondadoso don Felipe Herrera, con su almacén de calzado y peletería; el inmortal don Pancho Luiña, socio de mi tío Armando I. Sánchez en la tienda de ropa “LA FAMA” lleno de años y de gratos recuerdos en la ciudad de México, Ibero también, el robusto don Alberto Galindo y su hermano don Tomás, éste un verdadero artista que triunfaba en cuanto sobre la madera ejecutaban sus hábiles manos”.
“Don José V. Fernández, más conocido por su remoquete de “El gallego”, por su nacionalidad, quien prestó sus servicios en nuestra milicia; el simpatiquísimo abarrotero como lo era anterior y también Español don José Messenguer, padre de mis condiscípulos, Pedro, Luis y Bernardo; don Miguel Lazo Morales de baja estatura y larga barba albeante, precursor del arte topográfico en Tuxpan y agente de las publicaciones periódicas de México y el extranjero Pilar Morales Trujillo, el inamovible juez del registro civil; don Aureliano, don Luis y don Pepe Montolo -  éste último viudo de mi tía carnal, Sofía Sánchez, hermana de mi padre – los tres comerciantes en ropa y  banqueros, habiéndose marchado a su tierra, España, con buenos capitales; don Ángel Echeverría, Ibero como los anteriores, viejo empleado de la casa de Stussy, después socio de Félix Castillo, quien hiciera su práctica de farmacéutico en la botica de Roberto S. Boyd, y a quienes manos criminales les quemaron, según fue la versión su establecimiento de drogas fue motivo de que al volverlo a abrir llevara el nombre de “EL FENIX”, por aquello que resucitó de sus cenizas; don Salvador Martínez, fundador de un colegio nominado “El Políglota” de origen Guatemalteco, casado con mi tía María Sánchez, a quien Pilar Sánchez apodaba “El Popocatepetl” por su corpulencia y la blancura de su cabeza; doña Amalia Abarca, la práctica y modesta comadrona que atendía  a sus alumbramientos las señoras acomodadas”.
“El chispeante viejecito don José Garizurieta, padre de mi maestro de igual nombre y apellido que por este docente los ostenta una de las calles de esta ciudad, merecidamente; don Albino Zárate, propietario de una de las panaderías locales; el simpático don Pepe Fernández Noval, casado con la bellísima doña Celinita Obregón, que esperaba el nacimiento de una hija para bautizarla por medio del sacerdote y ponerle después un diminutivo a su nombre, antiguo socio de mi abuelo y propietario también de un cajón de ropa; Enrique y Alfredo Obregón, este último haciendo magníficos papeles de “Pobre Balbuena”, por saber desmayarse a tiempo entre las muchachas más guapas; Ernesto y Teófilo Barón, quienes después se distinguieron como revolucionarios y políticos; don Julio Alvarado, con su taller de carpintería, frontero a la herrería de don Pepe Castro, ante cuya puerta pasé agradables momentos en mis idas y venidas de la escuela del citado maestro Garizurieta, viendo el chisporroteo de la fragua o de los hierros que en estado de ignición eran forjados; el gordo y colorado Alemán, señor Johansen, gran bebedor de cerveza y hombre de noble corazón, único patrón que sentaba a su mesa a sus dependientes, Agustín Romo, Manuel Amorós, Amado Reyes, muy querido de todo el pueblo, dueño de la ferretería “La Casa Blanca”; el propietario del tren de alijo don Vicente Heroles – quien cuando llegó a Tuxpan era Herodes, y ni siquiera sabía poner su nombre; - Manuel Cano, Español como el anterior, con su tendajoncito a la entrada de la ribera; la modesta mentora, doña Petra Llorente, viuda de Camacho, fundadora de la primera escuela municipal, quien antes tuvo una escuela particular, ayudada por su mamá, doña Manuela Gamundi, y su colega, doña Catalina Llovera, de nacionalidad Hispana, viuda del marino don Eduardo Cabeza de Vaca, quien prestara sus servicios en las embarcaciones de mi citado abuelo”.
“Las solteronas Jovita y Lola Torres, peleando siempre por ignorar cual de las dos había salado la comida, así como su mamá la señora Regina Cardenete, pariente cercana de mi repetida ascendiente, don Arturo y don Manuel  Núñez, quienes seguido dejaban sus ranchos para visitar la ciudad, ambos de refinada educación Parisina, el primero Diputado de la Legislatura local y en las postrimerías del gobierno Porfirista, Jefe Político del Cantón, habiendo fallecidos ambos en la ciudad de México, donde radicaron a raíz del triunfo de la revolución que diera al traste con la dictadura, “Los Bizcos”, o sean Manuel, Santos y Luis González Arteaga, también comerciantes Españoles; Pepe Camacho, dedicado al ramo de abarrotes, Antonio López, a quien por su bajo cuerpo y extrema gordura, apodaban “El Cuino”; el eterno juez de paz don Onofre Llorente, casado con mi tía abuela doña Filomena López, la cual debido a su calvicie usaba peluca, aditamento que una vez, yendo de su casa en el barrio de “Las Flores” el potrero de su propiedad, cercano a la ciudad, al pasar por el “Camino Real” una chachalaca brava que se encontraba en una cerca voló sobre su cabeza, llevándose entre sus patas aquel aditamento capilar entre las risas de quienes presenciaban la escena y los gritos de ella, el uno y la otra padres de Francisco, Pepe y Eduardo de los cuales aún vive el segundo; el inamovible secretario de dicho juzgado, don Pancho Méndez; Carlos Vega, vendiendo rasposos aguardientes y sabrosos cueritos de puerco en vinagre, los mismos que don Pancho Galindo, mis tíos Enrique y Gabino Sánchez, el primero fundador de la gran carnicería “El Idolo”, y el segundo hombre cargado de familia muy luchador, expidiendo por las tardes de los domingos y en las noches de serenata – jueves, inclusive – riquísimas nieves, mantecados y refrescos de horchata, y el que dio a conocer a la población el pulque de maguey, ya que en Tuxpan el agua miel de la caña en fermento, también se le nombra así, o sea lo que aquí se le conoce por tepache, el ventrudo y francote Gonzalo Pardenilla, quien también con su carnicería hizo un buen capital; el espigado industrial inglés, mister Robert M.  Greer, fundador de modesta empacadora de ostiones en la ribera, donde instaló una casa de madera que le vino pre fabricada de los Estados Unidos; el francés Monsieur Veguinop, dedicado al cultivo de la caña de azúcar en unos terrenos fronteros a “La Peña”, o sea a orillas del caudaloso río, don Rafael Rangel, socio de don Julio Deschamps, en los negocios de mesones “El Toro”, don Pepe Lorenzo y Daniel Díaz, propietarios de la tienda de ropa “La Diana”, ambos Españoles”.
“Mi tío Próspero Sánchez, falto de carnes y tosigoso, hermano de mi abuelo, suegro del Lic. Bernardo S. Bandala, a quien había cedido su  negocio de ventas de leche, requesón y quesos, lo que hacían el repetido profesionista con grandes críticas del vecindario en las horas que le dejaba libre su profesión, mi tío político don Juan Pablo Morales, hablando siempre en alto, como consecuencia de su sordería, dueño de un salón de billares; el ventrudo don Felipe Guerrero, con su abanico de palma en la mano y sudando la gota gorda en las horas faltas de refrescante brisa; los simpáticos peluqueros Mateo Rosales, - quien hizo caer con sus filosas tijeras mis bucles infantiles – y Nicéforo Santander, casado con la chispeante y cojita prima hermana de mi padre, Lola Elorza; “El guiero” Carlos Namorado, siempre de buen humor en su taller de hojalatería lo mismo que Albino Morales, el simpático zapatero Gabriel Osollos, que calzaba a las principales familias de la ciudad a quien sucedió en esa lucrativa industria mi después compadre, Rafael Reyna; el venerado don Gabriel Gorrochotegui, el que vivía recluido en las cuatro paredes de su casa, o sea en su hacienda de “Cerro Viejo” quien en otras épocas desempeñara importantes cargos públicos”.
“El celebérrimo don Rafael F. Díaz Tesorero Municipal unas veces y otras Secretario de la H. Comuna Salvador y Jorge Mabarak, de origen árabe, propietarios de “La Minerva”, que llegaría a ser la más importante mercería y cristalería del puerto, este último de basta ilustración y refinados modales; Manuel y Nicanor Lombera; los que por su dedicación al comercio bajo la protectora sombra de sus tíos, los ya listados, Bernardo Arteaga y don Vicente Heroles, lograron amasar un buen saneado capitalito; el Dr. Emigdio Garamendia, al cual recuerdo por su afrancesamiento propio de la época  en que hasta la poesía  - a la manera de que el Duque de Job -  la novela y el drama llevaban ese sello, y su hermano, el alegre farmacéutico Norberto, del propio apellido, quien posteriormente abandonó píldoras y pomadas para entrar de lleno en la revolución, en cuyo movimiento llegó a ostentar el grado de coronel; don Miguel Bonilla, desempeñándose hasta su muerte como secretario de la Jefatura Política del Cantón y don Pepito Blanco – hijo del honorable Ibero don Pedro González Blanco, el portador de enormes y albeantes patillas – que por muchos años fuera secretario del Ayuntamiento, del Casino Tuxpeño y de un sinfín de agrupaciones; Monche Martínez, el eterno cobrador de piso del mercado y su hermano Camerino, comerciante en el ramo de abarrotes, como también lo eran don Miguel Iglesias, Ramón P. Carballo y Abraham Pancardo; los hermanos Librado y Eleuterio Reyes; Ramón Becerra y Manuel Sánchez, “La Cuicha”, en cuyas casas se comían en días de matanzas de cerdos, los sabrosos cueritos a medio freír, fisgados de la propia paila en el que eran cosidos, aderezándolos cada quien a su gusto con sus gotitas de limón y salsa de molcajete”.
La vigorosa y ágil pluma del poeta, escritor, periodista y político, el señor Rafael Sánchez Escobar al destacar los rasgos personales de aquellos tuxpeños, colateralmente nos describe con ello el pasado físico de la ciudad, al hacer alusión, por ejemplo, al tranvía de mulitas de los empresarios Bernardo Arteaga y Pedro Basañez; la escuelita Municipal de la maestra doña Petra Llorente; el tren de alijo de don Vicente Heroles; la tipográfica “Lazo” de Miguel López Morales; la botica “El Fenix” de Félix Castillo; el paseo de la Ribera con sus “Changarros caseros” para la venta de ostión y camarón en sus diversas presentaciones; la popular carnicería “El Ídolo” fundada por sus ancestros, ubicada en donde hoy en día se encuentra el “Hotel Plaza”; la ferretería de Alemán señor Johansen, gran bebedor de cerveza, los mesones “El Toro” de Julio Deschamps; la “nactería” de la “Cuicha” en donde periódicamente “mataban puerco” para expender riquísimos cueritos a medio cocer y crujientes chicharrones; las casas de huéspedes de Néstor Pancardo, tradición que ha continuado con sus descendientes con el “Hotel Parroquia” establecido en la misma calle Berriozabal; la Escuela Cantonal, “Miguel Lerdo de Tejada” con su director, el apóstol de la enseñanza, don José L. Garizurieta al frente; la empacadora de ostiones del inglés Mr. Robert M. Greer, habitando su casa de madera que desarmada importó de los Estados Unidos y ubicó por los rumbos del “Paseo de la Ribera”; la imprenta de Don Luis Y. Rosales, en cuyos talleres en el año de 1909 fue editado un periódico “El Centinela”, fundado por el personaje aludido, el profesor Miguel Ferrer y el propio Rafael Sánchez Escobar, así como su competidor “El Renacimiento”, editado en la tipografía “Lazo” y dirigido por Pedro Benítez; Cornelio Gogeascoechea, “al que mandara a traer desde las Islas Filipinas al sacerdote Jesús Téllez para que le ayudara en sus labores”; el popular Nicho Melo, fundador de la Cooperativa de Alijadores porteños; don Maximiliano Carballo, profesor de música y director de la Banda Municipal; las casas comerciales de la época, operadas por empresarios de origen Español y Sirio – Libanés; el sabrosísimo pan de doña Chalía Pancardo, en cuya casa “se hacían los mejores pemoles y chavacanes de dulce y de sal; “la fruta de horno” de las hermanas castillo, tales como yemitas, rodeos, empanaditas, puchas y merengues, los molotes de doña Adulfa y el recuerdo siempre presente del trágico romance escenificado por los Romeo y Julieta Tuxpeños, César Basañez y Mercedes Lazo, quienes por oponerse a sus relaciones amorosas y sentimentales los padres y familiares de ambos, determinaron suicidarse, estando hoy en día sus restos mortales sepultados en un viejo mausoleo del vetusto panteón “Galeana” – pero vayamos con la segunda y última parte de la transcripción del material escrito en su oportunidad por el polifacético Rafael Sánchez Escobar, bajo el título de “ANTIGUOS MORADORES DE TUXPAN” – Mis recuerdos juveniles. 

“Recuerdo así mismo al estirado abogado don Ismael Iriarte y Drussina, Juez Primera Instancia y constante asistente a la diaria tertulia en la casa de don Felipe Chao, cuando éste era Jefe Político del Cantón de Tuxpan; el Dr. José Barragán, con sus negras patillas; el Dr. Guillermo Gleg, mulato de origen inglés, casado con la dinámica Patricia Fuentes. El que murió tras unos años de sufrir perturbación mental; el también doctor, Alberto Hueso, el cual no obstante haberse labrado en poco tiempo una regular fortuna, se disparó un balazo en la caja torácica, muy cerca del corazón, salvándose de esta herida, pero marchando poco después a París, donde al fin se suicidó; el célebre Dr. Emilio Alcázar que aún vive para aliviar los dolores de la humanidad, los Peruyero, Ángel y Rodrigo, dedicados a  labores campestres, Felipe administrador del hospital civil, y Luis farmacéutico, con su nariz carcomida por los efectos del cáncer, así como doña Carmela, la que debido a su inmovilidad de una pierna, no salía de su casa, a cuya puerta se le podía ver siempre, sentada siempre en una mesedora, y rosa, parlanchina e inquieta gustando de estar siempre en la iglesia, como buena solterona, y en los meses de Mayo guiar a las niñas que iban a la ofrenda floral, no sin que éstas se quejaran de los soberbios pellizcos que le aplicara en sus tiernos bracitos por no seguir sus instrucciones; el vigoroso Apolinar (Polin) Robledo, casi siempre encargado de la Comandancia de la policía; don Alfredo Eckard un verdadero virtuoso del piano y competente profesor de dicho instrumento; el viejo Comandante de los Rurales, Matus, encargado de ejecutar “La Fuga”, cuando se le ordenaba conducir a algún reo peligroso a Xalapa; el bondadoso chimiano – don Maximiliano Carballo – maestro de música y Director de la pueblerina y bien organizada banda Municipal; don Silverio Gutiérrez, eterno Síndico de todas las quiebras que se presentan, quien, como mi tío político, el Licenciado Emilio Cervi, no obstante su origen Ibero, desempeñaron en varias ocasiones la Alcaldía Municipal o Presidencia del Ayuntamiento”.
“El alegre piloto del puerto, don Agustín M. Morales, el ceremonioso don Carlos del Río, quien primero fuera Jefe Político y después administrador de la Aduana Marítima gracias a su compadrazgo con el general Díaz; don Leopoldo M. Núñez, hermano político del Gobernador del Estado, don Teodoro A. Dehesa, y Administrador Principal del Timbre, con su excéntrica esposa, la muy respetable dama, doña Delfina Cortina; doña Manuelita Abarca, heredera de la pequeña botica de un doctor Peluzzie – Pelús, al que allá le decían y al que no me tocó ver – la que administraba remedios que bien pudieran llamarse caseros a las gentes que faltas de dinero, pero llenas de fe, acudían a ella; doña Ramona Salas, con un pequeño comercio  en su enorme casona de madera, frontera a uno de los costados del Parque Reforma; la fornida doña Rosaura Sobrevilla, (Lavín), concubina de mi señor abuelo; doña Chalía Pancardo,  elaborando sabrosísimo pan, como las hermanas Santiago, en cuya casa se hacían los mejores pemoles  y chabacanos de dulce y de sal; Rita Gardoni, también muy pegada a la Iglesia, pero dejando esa vida semimonástica para unirse al anciano propietario del mercado, don Rafael Portas, del que hablé al principio”.
“La Señorita Elvira Arteaga, que al par de mi buena madre,  se dedicaban a la enseñanza de la niñez en sus escuelitas mixtas, y quien trágicamente se ahogó en el caudaloso río; el incomprendido artista Félix Jiménez (o correa, como también se le decía), haciendo con maestría los principales rótulos del comercio u otros trabajos de decoración y pintura; el hábil tallista en madera, don Ignacio Polo y los no menos inteligentes carpinteros, Luis S. Villa y Antonio Alvares – éste último casó con mi primera maestra doña Eugenia y de su hermana Ángela; Modesta y Crina Vázquez, que también se dedicaron a la enseñanza.
“El Alemán don Federico Stasey y su enorme y hablantina esposa, doña Melani, con su “Casa de Comisiones” las que después de trasladaría a Tampico, fundando una agencia de Vapores de su nacionalidad que aún existe; Nicho “El Bolo”, hijo de doña Agustina, al que dieron tal apodo porque dicha padecía de bocio, o sea que tenía una enorme bola en el cuello como Anselma Noguera y a sus hijos se les conocía por los “Marines” debido a que la autora de los días de aquel se llamaba “María Inés”; Francisco (Chico) y Petronila Pancardo, hijos de don Néstor y doña Amparo Herrera, muerta hace poco, centenaria que ayudaban a sus buenos padres, tanto en la tienda como en la panadería y fonda – aquí restaurant – quienes fueron a recibir educación a Campeche, que por aquel entonces estaba considerada como poseedora de los mejores colegios; el platero Pancho Toribio, también componente de la banda de música, donde tocaba el contrabajo de latón; los dos Emilios, González y Huerta, el primero Español, el segundo Panuquense, propietarios del almacén de abarrotes “El Puerto de Veracruz”; Manuel y Baudelio Casados; Don Eufemio Núñez, quien con su ateísmo hacía renegar a las damas concurrentes a la iglesia, aunque siempre contribuía con su óvulo para la construcción de la torre”.
“El Güero Claudio Valdés, así como su hermano José, Españoles propietarios de “La Iberia” almacén de ultramarinos; Benigno Gonzáles, gran aficionado a la mecánica, atendiendo la fábrica de hielo que fundara mi abuelo que pasó a ser propiedad del medio hermano de aquel, el ya listado Antonio Álvarez; José María Vega, con su productivo negocio de forrajes; Antonio de la Peña, también Ibero, dueño de un cajoncito de ropa muy bien surtido; Mateo López Morales, hombre de un soberbio tipo varonil, con mucha semejanza al Kaisser Guillermo II en sus mocedades y usando el bigote al estilo de ese monarca; y finalmente mi señor abuelo don Gregorio Sánchez, con su levita negra, tocándose con bombín del mismo color, con las bolsas manchadas de bicarbonato de sodio que en su mayoría de ellas portada y que consumía al por mayor, debido a sus padecimientos estomacales y llevando en su diestra un bastón que oportunamente arrastraba para disimular los continuos e inoportunos ruidos que le producía su mal, con gran barba y enorme calva; y mi robusto padre, siempre de un humor excelente y dispuesto a jugarles bromas a todos sus amigos; con sus bigotes y barba a “Le Boulange”, andando la mayoría de la veces en mangas de camisa, debido a su gordura, al excesivo calor, o portando ligeros sacos de alpaca”.
“Después de éstos personajes, de los cuales muy contados aún alientan, cargados de años y de recuerdos, paso lista a los que pisaban los umbrales de la juventud en mi niñez; Manuel Pérez Morales – árbitro de las elegancias – como lo fuera después su hermano Ángel, condiscípulo mío, - de ideas donjuanescas - ; los laboriosos Pancho y Miguel Fernando, hijos de la modesta cuando discreta doña Ninfa Lince, quien con su maternal cariño supo formar dos hombres de provecho, Arnulfo, Erenoldo, César – quien junto con su novia Mercedes Lazo se suicidara –Celestino y Pepe Basañez, pues sus hermanas menores, Gustavo y Alfonso son también de mi camaradería; Arturo López, modelo como excelente hijo, esposo, padre, hermano y amigo; Pancho Fernández, con sus bigotazos que se semejaban que traían atravesada una rata en la boca, Alejandro, Leopoldo y Francisco Chao Núñez, el primero de los cuales llegó a General Constitucionalista; Ricardo Lamar, que durante muchos años representó a la Compañía Singer de máquinas de coser; Ciro A. Fano, muerto hace varios años en la Cd. de México, quien descolló como un magnífico artista del lente fotográfico; Manuel y Agustín Romo, el primer autor de hilarantes fechorías; Pio Gutiérrez, casado con mi tía Trinidad Sánchez. Comerciante y gerente de la Compañía Bancaria de Tuxpan”.
“Chóforo Peralta, quien en compañía de don Francisco Herrera tomaron en traspaso a don Julio Deschamps su tienda de abarrotes “La Malinche”, cuando el primero ignoraba la inmensa riqueza petrolera que encerraban los terrenos que poseía en unión de sus hermanos en Potrero del Llano Municipio de Temapache”; el Lic. Manuel Maples, quien con su joven esposa doña Adela Arce y su hijo Manuel de éstos dos apellidos, en brazos llegara a Tuxpan a desempeñar el Juzgado de Primera Instancia; Lic. Mauro Gómez, quien al traer desde las Islas Filipinas el sacerdote don Jesús Téllez y Acevedo, para que le ayudara en sus labores; Federico Deschamps, hoy abogado, don Pedro Salicrup, de origen Puertorriqueño, pero asimilado a nuestro medio y costumbres, el que también en diversas ocasiones desempeñó puestos de elección popular dentro de los Ayuntamiento; Onésimo Rangel, sastre, cortador y excelente amigo; José C. Fernández quien con sus hermanos, Jesús y Miguel, son  herederos del remoquete dado a su señor padre por el origen de su nacimiento, o sea, “Los Gallegos”, habiendo estado el último en la escuela conmigo; Silvestre Ruiz, artista de la tijera, como Adolfo Cordero; Pedro Benítez, brazo derecho de don Miguel Morales Lazo en su imprenta, en cuyo periódico “EL RENACIMIENTO” vieron la luz pública mis primeros renglones cortos; Pepe Sedano hijo competente, Tenedor de Libros; Nicho Melo, yerno de mi tío Juan Namorado, honrándote, franco y trabajador, hoy en día uno de los principales miembros de la cooperativa de Alijadores del Puerto; Chano Torres, flaco y chaparro, pero comiendo por cuatro; Ángel C. Peralta, competente empleado de la administración Municipal; Tacho Carballo, dedicado al comercio; mi primo político; José A. Redondo, luchón como pocos pero de mala suerte, desgraciadamente, en la que ni envidia le tengo; los chispeantes Agustín y Alfredo Fuentes; ¡Y tantos otros que por los años transcurridos escapan a mi memoria”.
“Finalmente veo desfilar en mi imaginación a mis condiscípulos Enrique, Cástor y Fernando Montoto, el primero y el último ya muertos viviendo el segundo en la Ciudad de Puebla; Francisco, Julio, Manuel, Roberto y Gonzalo Deschamps, de los cuales tampoco ya existen el cuarto, y el segundo es padrino de mi hijo mayor, Alberto; Luis I. Rosales, difunto, fundador conmigo y el profesor Miguel Ferrer, en el año de 1909, del seminario político oposicionista, del Régimen dictatorial del Victoriano Huerta; José Fernández Obregón, Enrique y Armando Obregón, radicados en la ciudad de México, uno de ingeniero titulado y el otro comerciante en automóviles; Manuel y Eneas Herrera; Manuel y Juan Morales Sánchez, primos míos; David y Homero Martínez, hoy abogados, así como su hermano Luis, el popular “Compa Huicho”; Andrés del Río que radica en Veracruz; Ángel Pérez Morales, amigo de todos los deportes, quien trágicamente pereció al aterrizar en Santiago de la Peña y colapsar el aeroplano en el que viajaba Pedro, Luis y Bernardo Messeger, siempre atentos a la mecánica, estudiosos y honrados; Pepe Garamendi, el poeta de los altos vuelos, dedicado a la telegrafía y muerto hace varios años en Tlalixcoyan, donde se casó y residía y su hermano Armando, quien vive en la ciudad de México; Chano Cordero, mi hermano de pila; Armando Vélez; Teófilo Sánchez, primo mío; Alejandro López, el popular “Jani” y Pepe y Armando Morales Gómez muertos los dos también; y Eugenio Morales, Milciades Garizurieta, hijo mayor del maestro, don José L. Garizurieta, pero ¿para qué seguir listando si son tantos?”.
“Por último surgen en mi mente las diversiones infantiles, circos que de vez en cuando llegaban a Tuxpan e instalaban sus carpas ya fuera en un amplio solar de don Miguel Lazo Morales, propietario del único teatro que había, también de manera que ahí existía en la esquina de las calles Melchor Ocampo y Emiliano Zapata, o en la “Finca Mora”; también recuerdo la costumbre de ir a comer sabrosos mangos a la quinta de la citada doña Lola Becerra o “Al otro lado” (Santiago de la Peña), en casa de Barbarita Sánchez o en “La Punta”, donde abundan estos árboles frutales; la comida en el “Paseo de la Ribera”, a base de sentados platos de riquísimos ostiones, en las rústicas casitas o limpios patios de los pescadores de éstos moluscos; o saborear los riquísimos dulces y otras golosinas de azúcar confeccionadas por Doña Paulina y doña Lola Castillo, o por las Ramírez, así como las bolitas de caramelo, que constituían la especialidad de una buena señora, doña Isabel, quien con su modesto tablero se situaba noche a noche frente a  los portales de la tienda “La Fama”, o bajo de éstos cuando llovía o hacía norte”.   

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