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lunes, 24 de diciembre de 2018

Al oriente arderán las viejas fraguas

Por el Cronista de la Ciudad 
C. Salvador Hernández García 

¿DE DONDE ERES?, la respuesta a tan sencilla pregunta la da la experiencia de la vida propia… TÚ ERES DE DONDE VIVES Y DE DONDE TE ALIMENTAS, y con diferente metáfora coincidió en el mismo concepto el epopéyico poeta griego, HOMERO, quien en la narrativa de su ODISEA y haciendo referencia de ODISEO, el héroe de esa zaga (ULISES, para los Romanos) en su accidentado y borrascoso periplo marino, expresó: EL HOMBRE TIENE DOS PATRIAS… DONDE NACE Y DONDE SE HACE. 

Y a esa definición se ajustó por voluntad propia el Lic. Manuel Maples Arce, nacido en la perfumada Papantla y transterrado a sus 40 días de nacido a la ciudad de Tuxpan, en donde desde su corta edad aprendió sus primeras letras y sucesivamente adquirió la enseñanza elemental primaria y superior, con cuyo equipaje le fue posible expresar públicamente sus inquietudes primarias como escritor, poeta, literato y periodista, aptitudes que con el devenir del tiempo fue moldeando y puliendo, cuya práctica continua le valió consagrarse en una oportunidad, como un intelectual, cofundador de la filosofía estridentista, y colateralmente como un distinguido diplomático y en su oportunidad como practicante de la actividad política, representando al Distrito Electoral de Tuxpan como Diputado Local en la Legislatura Veracruzana, para poco después fungir como Secretario de Gobierno y más tarde desempeñarse como Gobernador interino del Estado de Veracruz, en sustitución del Gral. Heriberto Jara Corona… 

Maples Arce al igual que Odiseo, tuvo dos patrias, una de ellas donde nació y la otra en donde se hizo, donde se formó orgulloso de ajustarse a tal patrón, tal como entre líneas lo demostró, por si hubiese hecho falta, en la narrativa de su libro dedicado a Tuxpan, titulado A LA ORILLA DE ESTE RÍO, editado en Madrid, España, del cual el columnista ha entresacado estos nostálgicos recuerdos que me permito compartir con Ustedes, apreciados paisanos. Vale. 

“Cuando el viajero llega a Tuxpan por mar y remonta el curso del Río, al trasponer un sitio llamado “La Peña”, donde de niño a mí me gustaba gritar largamente “Peña…” y oír que el eco me devolvía la voz misteriosamente, ve la Ciudad que se extiende a lo largo de la margen derecha, con casas y huertos que se suceden por largo trecho y entre los que se destaca la Aduana, el muelle, algunos hoteles y la torre de la Iglesia, le dan cierto carácter los cerros, cubiertos de vegetación y las calles que se entrecruzan por todas partes”. 

“El Río, ancho cauce de aguas claras describe una amplia curva en el barrio de Tenechaco, donde aparece la casa de altos, blanca, con rojos balcones, de don Pedro Basañez, que tiene cierto aire de edificio público. En el muelle solían verse atracados un remolcador de roja chimenea, (El Pantepec) y dos barcos de vela (El Vinaroz y la Santoña) y unos chalanes destinados al alijo, propiedad de don Vicente Heroles. Cuando anunciaban la presencia de algún buque frente al Puerto era un alborozo para los chicos verlos atracar y salir hacia la barra”. 

“La orilla siempre fue un lugar de atracción y de distracción por toda las escenas que la animaban. Recuerdo muy bien cómo se acumulaban las mercancías debajo del cobertizo y a un flanco de la Aduana, la plazoleta donde se depositaba la madera, lugar que nosotros utilizábamos para pláticas y juegos. 

Desde allí se avisaba también el desembarco del pescado, verduras y frutos para el mercado, y el movimiento de canoas que atravesaban constantemente el río en el “Paso del pescador”. 

“La ribera era, en los años de mi niñez, el paseo favorito de los tuxpeños, que iban a tomar mariscos a las ostionerías y a pasear un rato al fresco bajo los árboles donde se instalaban las mesitas. Yo tenía la costumbre de hacer ese paseo a caballo, pues una de mis diversiones predilectas era la de montar. 

Tuve una jaquita tordilla y luego un alazán mañoso, y más adelante me compraron un tílburi, tirado por un caballo trotador. Por cierto que mi madre, que conocía mi debilidad por este paseo, me castigaba, prohibiéndome que montara o saliera en coche, cuando no estudiaba las lecciones de piano, que para mí constituían un suplicio. Cuando algún navío extranjero de cierto calado entraba a fondear frente al muelle, se producía allí gran animación, y aquellos barcos de altos mástiles, complicadas velas y tensos cordajes que parecían máquinas de maravilla. Con ellos aprendí muchos términos marítimos y se me grabaron en la memoria los nombres de lejanos Países Escandinavos de donde procedían. La llegada de esos barcos, que excitaba mi curiosidad, venía también a torturarme con sus inquietudes viajeras, que yo no podía realizar. Los contemplaba largos ratos, creo que horas enteras, saboreando imaginarias travesías”. 

“En las fiestas Patrias había generalmente, como número sobresaliente, regatas de remos y de lanchas de motor, la “Fausta” la “Kikiriki”, eventos a los que la gente le gustaba de apostar según sus simpatías”. 

“El público se entusiasmaba y aplaudía cada vez que la lancha de su predilección pasaba adelantando a la otra, y yo gozaba también con el torneo. Una de las lanchas era propiedad de un Tuxpeño y la otra de 3 hermanos españoles, los Minondo, nobles, según oí decir. Tenían una casa en la orilla opuesta del Río, junto a “Palma Sola”. 

Vivían a saber más de ellos cuando pienso en los Minondo, en la finca arbolada, en la largueza de su vivir, en su juventud y en la hermosa lancha que nos divertía en las regatas, me he preguntado, parodiando las coplas de Jorge Manrique: “Los Minondo, ¿Qué se hicieron?”. 

“Pasé horas maravillosas de contemplación al borde del Río, a veces paseando con un amigo, y otras solo, absorto entre los vivos celajes que encharcaban de oro y grana el cielo azul del atardecer. El impresionante espectáculo, mezcla de emoción pictórica y poética, pues la poesía ya comenzaba, sin saberlo, a insinuarse en mi espíritu, me atraía y deleitaba misteriosamente”. 

“Algunas veces había lances o incidentes en el río. Una ocasión en que intenté hacerle una travesura a un compañero, impulsé fuertemente el bote en que nos encontrábamos y salté rápidamente a la escalinata del muelle, reteniendo al mismo tiempo el cabo en la mano; pero el impulso había sido tan fuerte que perdí el equilibrio y caí al agua. Gracias a que sabía nadar gane la orilla y aprisa nos fuimos a casa de mi amigo para que me sacara las ropas y no advirtieran en mi casa lo sucedido”. 

“Como teníamos que estar siempre en actividad, lanzar una iniciativa era ponerla al instante en ejecución. Así la insensata idea de atravesar el Río durante una fortísima corriente estuvo a punto de costarnos la vida, pues fuimos arrastrados varios kilómetros. El agua ponía una turbia resistencia al canalete. Por más que Raygadas, desde la barra del timón gritaba: “Orza, a babor”, el bote no avanzaba, sino retrocedía. Nuestros esfuerzos resultaban inútiles ante el empuje de la marea, que continuaba arrastrándonos. 

Por esos momentos temimos que nos sacara hacia la bocana. 

Nuestra angustia crecía y decidimos alcanzar la ribera renovando nuestras energías. Con denodado esfuerzo logramos, por fin, asirnos a unos bejucos y amarrarnos el bote en una estacada, casi frente a “Cobos”. Comenzaba a oscurecer. 

Un concierto de batricios se levantaba sobe el brillo pálido de la luna. 

Se oía claramente el chapoteo del agua. Regresamos a pie, agitados por la aventura, y al pasar frente al resplandor de un horno de cal advertimos la emoción reflejada en los rostros, a pesar de que cada quien chanza sobre el miedo de los otros”. 

“Pero el suceso que mayor impresión me causó fue la muerte de unas lindas jóvenes mientras se bañaban en una finca, río arriba. Como en aquella época hubiera constituido una indiscreción que los hombres se asomaran donde las mujeres se bañaban, los servidores de la finca creyeron, al oír los gritos, que se trataba de retozos, y como habían recibido órdenes expresas de no acercarse, no acudieron a tiempo, produciéndose la tragedia que conmovió a todo el Pueblo”.
Y hasta aquí estos recuerdos infantiles del poeta, nuestro paisano por voluntad propia, D. Manuel Maples Arce. 

Fuente: A la orilla de este río. Manuel Maples Arce.

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